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Testimonio Autobiográfico en base a un antes y un después (parte 1)

En cuanto una se define como “profesión: cantautora” enseguida aparecen rostros de incredulidad ¿puede ser esto un trabajo? Cualquier mujer que se atreva a seguir semejante carrera sufre de una ansiedad por lograr entrar en el mercado comercial de la música y así “probar” que realmente es una actividad digna de ser considerada una verdadera profesión. Resulta que la idea de tener éxito está ligada a la posibilidad de sobrevivir como música profesional. Escribir canciones, dedicarse a tocar la guitarra, llegar a un nivel de eficacia que en tales artes son logros que si no se acompañan con unas cifras de ventas no son considerados valiosos. Parece que hubiéramos pactado la creencia de que este mundo competitivo y cruel que marca las pautas del paradigma capitalista y patriarcal es el “mundo real”, el único mundo, donde designamos triunfos y fracasos.

Antes…

He imaginado este relato biográfico con un antes y un después en base a esta dicotomía: lo que yo pensaba que era tener éxito y lo que ahora eso significa para mi.

Me había educado en el Conservatorio Superior de Música de Madrid y en el California Institute of the Arts en Los Angeles y salí al mundo fuera de la escuela creyendo que había un lugar donde mi inspiración original encontraría, como decía, un mercado que me permitiera vivir de mi trabajo. Perseguí este sueño como muchas otras compañeras de oficio.

Confirmo que salí ilesa del martirio del Conservatorio Superior de Música de Madrid y después cultivé el arte del más profundo y comprometido diletantismo en el California Institute of the Arts de Los Angeles donde me especialicé en un programa que llamaban “multi-focuss guitar” y colaboré haciendo música para danza contemporánea, teatro, dibujos animados y películas. Fuera de la universidad me lancé a tocar en innumerables, teatros, teatritos, cafés, bares, iglesias, escuelas, hospitales, residencias, universidades, parques, museos, por países como España, México, Colombia, USA, Alemania, Francia, Inglaterra, Holanda, Indonesia, Canadá, y Argentina, que yo recuerde, y esto es algo que sigo haciendo. Interesados en conocer a mis principales maestros mirar al pie de esta página.

Acababa de salir de Cal Arts y me fui a vivir a Tijuana México donde me dieron un trabajo de profesora de guitarra y apreciación musical. Hicimos La Caja Sonora (The Music Box) con la escultora y fotógrafa Carmela Castrejón, una Instalación Musical Interactiva (una escultura electro-acústica) se expuso en el Museo de los Niños de San Diego, CA. Corría el año 94, La Caja fue un éxito en San Diego y luego en Nueva Jersey así que pensamos que podríamos repetir la hazaña en Madrid, pero no fue así.

De vuelta en España en los años 2000 el mundo de los cantautores resultaba desolador, competitivo y tremendamente insolidario. Aprendí que entrar en el mercado suponía componer mutilando aquello que obligara al público a escuchar. Cuando hice mi primer disco “Paradoja” me explayé en arreglos muy jazzísticos y un AR de la Sony Music me hizo una gran revelación: “el problema de tu disco es que hay que escucharlo”. Algunos años después conseguí una cita con una discográfica, Harmonia Mundi, para realizar lo que fue mi segundo disco: "Nanas Urbanas". Interesados en saber a qué me refiero con dar el “guitarrazo”o cómo conseguí la hazaña de que una discográfica se mojara en pagarme el disco, ver mi blog aquí.

Como la discográfica, recién arruinada en España, no iba a pelear por mi disco decidí irme a Nueva York. Vi que la Compañía Nacional de Danza de España actuaba en el BAM  y no sé bien de dónde saqué el coraje pero de pronto  me vi atravesando  la puerta trasera de seguridad del Brooklyn Academy of Music con mi CD en la mano con una notita de “atención al programador”. A los 4 meses el BAM me ofreció una actuación. De pronto salía en el mismo programa donde se presentaban Cocha Buika y Macaco, viajé con los músicos que más quería, y nos pusieron en un hotel de 5 estrellas, y mi foto salió en un panel de luz blanca de 3 metros en un poste publicitario enorme en la esquina de Lafayette Ave donde iban pasando los artistas de esa temporada. Parecía como si lo hubiese logrado.

Corría el año 2008. El concierto pasó y volvimos a estar como siempre. La supuesta buena o mala suerte es un poco como lo del triunfo o fracaso, o como el del destino, un evento considerado bueno o malo desatainsospechados resultados. Acababa de tocar en el BAM de Nueva York con lo que sentía que todo era posible. Así tuve el coraje de dar el segundo guitarrazo y este fue a Juan Falú en El Taller Latinoamericano de Nueva York, lo que me valdría para ser invitada a su festival Guitarras del Mundo de la Argentina en 3 ocasiones de sus anuales encuentros. También hallaría a Bernardo Palombo, director de El Taller Latinoamericano, que me dio un gran impulso realizando la grabación de mi tercer disco SubVersiones de Música Tradicional y que luego renombré como Juniper. En este mismo viaje a New York apareció Kyra Popiel que me llevaría a tocar por cuenta del Town Hall a un colegio del barrio del Bronx.

Aquella actuación para los adolescentes negros y latinos que jamás habían salido del perímetro del Bronx y para quienes el BAM en Brooklyn estaba tan lejos como España, sembraron la primera semilla en mi corazón. Al día siguiente Kyra me llevó a conocer al maestro Don Manuel Rufino invitándome a una ceremonia con plantas sagradas en un tipi dentro de los bosques de Pennsylvania.